viernes, 15 de diciembre de 2017

SEGUNDA VUELTA (CON D.N.U. EN EL BOLSILLO)


      Por Ricardo Kirschbaum/Clarín.- Por distintas razones una coalición variopinta, con aliento eclesial, apuntó contra la reforma. Se presente como se presente, el Gobierno perdió este round por varios puntos. Primero, la batalla de comunicación, de la que se presume experto, porque no explicó claramente en qué consistía ni por qué la impulsaba ni neutralizó la publicidad negativa sobre la reforma previsional que alcanza a una gruesa porción de la sociedad. El kirchnerismo, que lucha por supervivir en muchos sentidos, más la izquierda intra y extraparlamentaria apuntaron en su ofensiva a presentar la reforma como un despojo a los jubilados, evitando hablar de las crecientes dificultades del sistema previsional, al que Cristina usó sin límite ni responsabilidad. A esa coalición en la calle, se sumaron sectores sindicales. Unos, por razones políticas o comerciales; otros, para no dejarse desbordar por los movimientos sociales, que han encontrado en la Iglesia (a través de los cambios que alentó el Papa) una clara solidaridad. Segundo, los gobernadores no pudieron -o no quisieron por peleas comarcales con socios de Cambiemos - imponer a sus diputados el voto que, se decía, habían comprometido. Se descontaba que los diputados actuarían de acuerdo con lo que los gobernadores les aseguraban a funcionarios y más tarde al propio Presidente. Este error hizo recordar aquella petulante frase que, en las épocas de la Alianza, les descerrajó Antonio De la Rúa (un Durán Barba de aquel entonces, como ironizó ayer un memorioso) a preocupados visitantes en la Casa Rosada que le pedían activar acuerdos con los legisladores: “En la nueva política, los acuerdos se hacen con los que gobiernan”.

VIOLENTA ALIANZA ENTRE KIRCHNERISTAS, MASSISTAS Y LA IZQUIERDA.


      Por Joaquín Morales Solá/La Nación.- Nunca, como ayer, Leopoldo Moreau fue tan parecido a Luis D'Elía. En lugar de ocupar una comisaría, le quitó el micrófono y amenazó con pegarle al presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó. Cruzó una línea roja del sistema democrático. El debate, duro a veces, pero nunca físicamente violento, es un atributo del parlamentarismo en las naciones civilizadas. Ese era el único símbolo que le faltaba romper a Moreau en su vida de trashumante político. Ayer se convirtió en un referente del antisistema. Le sacó al presidente de un cuerpo parlamentario la única herramienta que tiene para controlar una sesión, que es el micrófono. Un golpe en toda la regla. Sin embargo, eso no fue lo más grave que pasó ayer. El Gobierno tuvo, le guste o no, el primer traspié importante en la resolución de leyes cruciales para su programa económico. Anoche frenó a última hora la decisión de sacarlas por decreto de necesidad y urgencia. El lunes volverá a intentar que sean aprobadas por el Congreso. Había tropezado en la tarde de ayer con una alianza no tan extraña ni tan inesperada: el kirchnerismo, el massismo y la izquierda trotskista. Todos se abrazaron al final de una sesión que debió ser levantada porque la aprobación de las leyes se estaba quedando sin votos. No porque esos votos se fugaran hacia el rechazo de los proyectos, sino porque los diputados peronistas que representan a los gobernadores se estaban yendo del recinto. Sergio Massa volvió a mostrar su oportunismo en una actitud claramente demagógica. La izquierda había enloquecido el espacio público de la Capital durante dos días de furia y el kirchnerismo, apoyado por el massismo, llevó el alboroto al recinto de los diputados. Frustró con métodos patoteriles el desarrollo de la sesión. ¿Novedad? Ninguna. Al kirchnerismo y la izquierda (¿ahora también al massismo?) les da lo mismo estar dentro o fuera del sistema.

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